BUBONIS

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viernes, 26 de julio de 2013

HELENA Y LILA



En un stand de la Feria de libro infantil y juvenil una nena como de seis años toma un libro y se sienta en el suelo. La madre le pide que se levante, que vamos, le dice. La nena cierra la portada y casi asustada al ver que sus familiares se alejan deja el libro en el estante. Que pena, pienso. Dos días después, un nene está muy decidido a llevarse un libro. Su mamá logra convencerlo de que mejor será llevar otro y, casi sin esperar al nene, lo paga y lo pone bajo su brazo. A veces las madres se equivocan, o no logran ver que lo mejor para sus hijos, es exactamente aquello que sus hijos piensan será lo mejor para ellos.
El premio consuelo llega con el tiempo. Los chicos, antes o después, van a elegir. Eligirán mascotas, libros, amigos. Hacer la tarea o jugar. Volar o caminar a ras del suelo.
*
Apenas abro Helena y Lilla me invade el olor a tinta. Tiene olor a nuevo. Fue impreso hace apenas unas semanas atrás para aterrizar en la Feria infantil y juvenil de Buenos Aires. La autora es Virginia Piñon y cuenta la historia de una nena que tiene una mascota. La nena tiene muchas mascotas a las que el relato describe por sus características más comunes, pero existe una que es su preferida. La mascota de la protagonista es especial y original: una polilla.
Las polillas son diminutas. Cuando no están heridas, vuelan. Lilla le roba el corazón a Helena, una nena capaz de ver belleza en un ser incoloro. El encanto proviene de la simpleza con que la niña valora al ser que devora las lanas de la ropa, las sábanas y toallas de la casa. La pequeña mascota tiene aquello que la protagonista del cuento añora con toda su vida: alas.
Pero Helena no podía dejar de mirar a la polilla: era adorable.
Con esas alas casi perfectas…
“Una mariposa desteñida”, pensó.

Entonces descubrió que no podía volar.
Tenía un ala lastimada.
“Hay que cuidarla”, se dijo.
Y no le importaba lo que su madre pudiera pensar.
Ella iba a proteger a su nueva amiga, a Lilla.
Helena sabe que alimentar a su nueva mascota le podría generar un dolor de cabeza a la madre y la madre no acepta las polillas: tiene venenos y está próxima a usarlos. Helena, quiere volar como la polilla. pero se cae a cada intento. Con el correr de los días, varias prendas de ropa de la casa son devoradas por la mascota urgente de hambre. Las protesta no tardan en llegar:
-Es mi mamá! – se asustó Helena.
-Y mirando a un lado y a otro, trató de pensar en algo…
Entonces tomó a Lilla de las alas.
-Shhh… No tengas miedo – le dijo, y la ocultó dentro de su boca.

La madre abrió la puerta.
Ahí estaban su vestido rojo
y también el verde,
y su colección de camisas…

Todo lleno de agujeros.
La nena del cuento, con hilo y aguja en mano, repara junto a su madre los rastros del hambre de su pequeña mascota. Pero un efecto mágico se apodera del alma de Helena y lo imposible se vuelve real. Las imágenes logran el clima de fantasía en el que la niña y la polilla comparten los sueños. El espacio exacto en donde todo es posible.

Viginia Piñón es la ilustradora, su sitio:

lunes, 22 de julio de 2013

MÉDICOS Y PACIENTES EN SU DIÁLOGO MÁS DIFÍCIL

Página/12     Sábado, 20 de julio, SOCIEDAD

 CONSECUENCIAS POSITIVAS DE INFORMAR QUE EL TRATAMIENTO YA NO TIENE SENTIDO PUES LA ENFERMEDAD ES TERMINAL
Una investigación revela que para los pacientes que recibieron información “fue mucho mayor el acceso a cuidados paliativos, hubo mucho menos tratamientos agresivos al final de su vida y muchos de ellos fallecieron en sus casas”.
 Por Pedro Lipcovich

“La conversación más difícil” es la que tiene lugar entre el médico –generalmente, un especialista en cáncer– y su paciente, “cuando hay que comunicarle que su enfermedad es terminal. Muchas veces, esta conversación es evitada”: así lo advierte la investigación que un equipo de oncólogos argentinos presentó en un congreso internacional. El estudio consideró a 110 pacientes: con 70, el médico había propiciado un diálogo abierto sobre la enfermedad y su pronóstico; en los restantes 40, esa conversación no había tenido lugar. Se constató que, entre los que habían tenido la conversación, fue mucho mayor el acceso a cuidados paliativos, hubo mucho menos tratamientos agresivos cerca del final de la vida y fueron muchos más los que murieron en paz, no en un hospital sino en sus casas, junto a sus seres queridos. “La ‘conversación más difícil’ no acortó la existencia de ningún paciente y mejoró la calidad de su vida”, señaló uno de los autores del trabajo. También mejoró la relación entre el paciente y su familia, ya que “es mejor que las emociones se expresen honestamente: de otro modo, la familia llora en la cocina ‘para que el enfermo no se entere’, y el paciente llora a solas ‘para que ellos no se enteren’”.
El trabajo fue presentado el año pasado en el Congreso de la American Society of Clinical Oncology (ASCO), en Estados Unidos, y se llama “Conversaciones difíciles con pacientes terminales”. Fue realizado por Eduardo Morgenfeld, Gastón Martín Reinas, Daniela Gercovich, Ernesto Gil Deza, Edgardo Rivarola y Felipe Gustavo Gercovich, del Instituto Oncológico Henry Moore, de Buenos Aires. Los autores advierten que “más de la mitad de los pacientes oncológicos pueden morir debido a la enfermedad, y en cierto momento el oncólogo debe comunicarles que su enfermedad es terminal. Esta es la conversación más difícil para un oncólogo clínico y muchas veces es evitada”. El objetivo de la investigación fue “determinar si los tratamientos y la evolución de los pacientes son afectados por haber tenido esa que llamamos ‘la conversación más difícil’”.
¿Qué se dice en esa conversación? “Cuando la enfermedad progresa y el médico no tiene tratamiento eficaz para ofrecer o sólo cuenta con tratamientos muy tóxicos y de muy baja eficacia, es razonable que se siente ante el paciente, cara a cara: ‘Con la enfermedad, yo llegué hasta aquí, pero mi función no es sólo tratar la enfermedad, sino cuidarte de la mejor manera. Entonces llegó el momento en que necesito saber qué querés vos; contra la enfermedad, ya no tengo muchas armas, pero a vos puedo y debo acompañarte hasta el final’.” Así lo planteó Ernesto Gil Deza, director de investigación y docencia del Instituto Henry Moore.
Los investigadores consideraron los casos de 110 pacientes que habían fallecido entre el 1° de enero y el 31 de diciembre de 2011 como consecuencia de la enfermedad y que habían sido atendidos por el mismo médico desde el diagnóstico hasta la muerte. Del total, 58 eran hombres y 52, mujeres. Con 70 de ellos, el médico había sostenido la “conversación más difícil”; con 40, no.
De los 70 pacientes que habían podido tener la conversación más difícil, 55 accedieron después a cuidados paliativos, es decir, casi el 80 por ciento. En cambio, de los 40 que no habían tenido esa conversación, sólo 15 recibieron cuidados paliativos, es decir, menos del 40 por ciento. ¿Por qué tan impresionante diferencia en la calidad de vida? “En el marco de la conversación –contestó Gil Deza–, muchas veces el paciente dice: ‘Ya estoy cansado de hacer quimio: ¿no podríamos tomarnos unas vacaciones?’ ‘Me parece muy bien. Y hay equipos profesionales que se ocupan específicamente de aliviar los síntomas lo más posible, haciendo lo que se llama cuidados paliativos: puedo contactarte con ellos.’”
Además, al acercarse la muerte, los pacientes que habían tenido la conversación pasaron, en el último tramo de la vida, un promedio de 80 días sin recibir quimioterapia, o sea sin padecer los efectos tóxico; en cambio los que no habían tenido la conversación sólo pasaron 43 días liberados de la quimioterapia. De los 70 que habían tenido ese diálogo, 44 quisieron y pudieron morir en sus casas. De los que 40 que no habían tenido la conversación, sólo seis pudieron morir en casa y 34 fallecieron en el hospital.
“El acceso a esa conversación resulta en una evolución con menos quimioterapia hasta el momento de la muerte, menos signos de toxicidad, mejor calidad de vida; la mayoría falleció en su domicilio, en un marco de cuidados paliativos. Hubo un perfil de vida bien distinto para un grupo y para el otro”, comentó Gil Deza.
El trabajo presentado en Estados Unidos resume así las cuestiones que se abordan en la conversación más difícil: “La enfermedad como progresiva e incurable; la baja efectividad de los tratamientos posibles; la perspectiva de la muerte”. Y toman un lugar central “los deseos de los pacientes”, respecto “del tratamiento oncológico, los cuidados paliativos, el lugar donde han de morir”, e incluso “el destino del cuerpo” y “el cuidado de la familia” luego de la muerte.
En cuanto al cuerpo, “hay pacientes que en esa conversación manifiestan su voluntad de que el cuerpo sea cremado, por ejemplo, o prefieren que no haya velatorio”, ejemplificó Gil Deza. Y también es bueno que expresen sus preocupaciones por lo que será de su familia cuando ya no estén: “Lo que le causa más dolor al paciente puede ser pensar que, tras su muerte, quizá su hijo menor no pueda terminar el secundario pero, a partir de que eso se manifieste, se generarán respuestas, y tal vez intervenga el hijo mayor: ‘Papá, no te preocupes por eso, queda a cargo mío’”.
Es que “siempre es mejor que las emociones se expresen honestamente: de otro modo, estarán los hijos llorando en la cocina y la mujer en el baño pero poniéndole buena cara al padre enfermo ‘para que no se entere’, mientras el paciente llora a solas y pone a su vez buena cara ‘para que ellos no se enteren’”, advirtió el oncólogo.
Pero, ¿por qué, en esta investigación retrospectiva, resultó que en sólo 70 de los 110 casos se había efectuado esa conversación, tan difícil pero tan beneficiosa? “Nuestro estudio mostró que el problema está en el médico: el médico está mucho menos capacitado que el paciente para encarar una conversación de esta naturaleza”, contestó Gil Deza. “Por supuesto –aclaró– puede ser que el paciente no quiera hablar del tema. Pero muchas veces desde la medicina le expropiamos ese momento, por nuestra incapacidad para hablar con él y para escucharlo.” Por lo demás, Gil Deza puntualizó que “es más común que las pacientes mujeres prefieran tener esta conversación y es más frecuente que los pacientes hombres prefieran no tenerla”.
La investigación enumera las razones que aducen los médicos para evitar esa conversación. “Miedo a la reacción del paciente”; “miedo a dañar al paciente”; “falta de disposición para abordar temas relacionados como la muerte”; “falta de experiencia o entrenamiento en la cuestión”; “incapacidad para inspirar esperanza”; “el paciente no quiere discutir el tema”; “la familia del paciente no le permite al médico hablar del tema con él”.
“Tal vez una familia no quiera que el médico tenga esa conversación con el paciente, pero en tal caso conviene advertirles: ‘Ninguna verdad es más difícil de sostener que la mentira: el paciente irá empeorando y cada vez será más difícil sostener la mentira’ . Por otra parte, si el paciente no tiene una incapacidad, nuestra obligación es con él, no con la familia. Claro que el argumento de que la familia se opone resulta una buena excusa para el profesional: ‘Yo estaba dispuesto pero como no me dejaron...’ –agregó Gil Deza–. Y, en cuanto a la supuesta incapacidad del médico para dar esperanza, no es él quien tiene que darle esperanza a su paciente: el paciente mismo construirá su esperanza, pero hay que darle la oportunidad de hacerlo.”
Y observó: “Muchas veces, los médicos que no son capaces de tener la ‘conversación más difícil’ la reemplazan con quimioterapia. Se sienten compelidos a ofrecer más tratamiento. En nuestro estudio, entre los pacientes con los que no se tuvo la conversación hubo algunos que recibieron quimioterapia hasta 15 días antes de morirse: el médico sabía que se iba a morir y le seguía haciendo quimioterapia. Y un resultado importante de nuestro estudio es que las dos poblaciones de pacientes vivieron lo mismo. La ‘conversación más difícil’ no acortó la existencia de ningún paciente, y hay pruebas de cuánto mejoró la calidad de su vida”.

EDUCAR EN EMOCIONES



“Nos enseñaron desde niños cómo se forma un cuerpo, sus órganos, sus huesos, sus funciones, sus sitios, pero nunca supimos de qué estaba hecha el alma” Mario Benedetti.

Quizás no seamos conscientes de todo aquello que nuestras emociones iluminan y ensombrecen a lo largo de nuestra vida. Nadie nos dijo como manejarlas, como cambiarlas o aprenderlas, parece como si nos olvidáramos de ellas por el simple hecho de que no se vean. Pero, ¿acaso no son fundamentales en nuestro día a día?

¿POR QUÉ SON TAN IMPORTANTES LAS EMOCIONES?

Las emociones determinan nuestra relación con el mundo. Nuestra salud mental y bienestar personal se influyen mutuamente, dependiendo en gran medida de cómo nos relacionamos con el mundo, así de las emociones que se generan. Al nacer no tenemos desarrollados el pensamiento, ni el lenguaje, ni siquiera podemos planificar lo que hacemos, sin embargo, nuestras emociones nos permiten comunicarnos e identificar aquello que es bueno y malo para nosotros.

A través del llanto, la sonrisa o conductas rudimentarias nos vamos relacionando con el mundo y el resto de seres humanos. Así podemos afirmar, que nuestras emociones configuran nuestro paisaje físico, mental, anímico y social.

¿POR QUÉ ES IMPORTANTE EDUCAR EN EMOCIONES?

Las emociones nos aportan información sobre nuestra relación con el entorno. Experimentamos alegría o satisfacción cuando las cosas nos van bien, y tristeza o desesperanza, cuando sucede todo lo contrario, como que experimentemos pérdidas o amenazas.

Cada vez que experimentamos una emoción, podemos crear pensamientosacordes a esta, interviniendo además nuestro sistema nervioso como el preparador del organismo para la mejor respuesta. Las emociones son como un sistema de alarma que se activan cuando detectamos algún cambio en la situación que nos rodea; son recursos adaptativos que los seres humanos presentamos, y que dan prioridad a la información más relevante para cada uno, activando así diferentes procesos que nos permitirán dar una respuesta

En la infancia, experimentar emociones positivas con frecuencia, favorece el posible desarrollo de una personalidad optimista, confiada y extrovertida, sucediendo lo contrario con la vivencia de emociones negativas. Así una adecuada educación emocional, permitirá adquirir destrezas para el manejo de los estados emocionales, reducir las emociones negativas y aumentar en buena medida, las emociones positivas.

En este sentido, podemos mencionar por ejemplo, el saber resolver de manera asertiva los conflictos, encajar una frustración a corto plazo a cambio de una recompensa a largo plazo y manejar nuestros estados de ánimos para motivarnos.

BENEFICIOS DE LA EDUCACIÓN EMOCIONAL

Una buena educación emocional conlleva todo un proceso de aprendizaje en el que se va construyendo la visión del mundo, de nosotros mismos y cómo nos manejamos. Además cada experiencia que vivimos tiene un tono emocional, agradable o desagradable. Con un desarrollo adecuado de las emociones podremos: -Recuperarnos antes en el tiempo de la experimentación de emociones negativas.

Adoptar una actitud positiva ante la vida. -Ser más optimistas, pero no en exceso. -Saber expresar nuestros sentimientos. -Tener una autoestima realista. -Presentar capacidad de cooperación y una buena resolución de conflictos.

jueves, 18 de julio de 2013

YAYOI KUSAMA

Del 30 de junio al 16 de septiembre.
Yayoi Kusama. Obsesión infinita
Curadores: Philip Larratt-Smith y Frances Morris. 

Sala 5 (2º piso), sala 1 (planta baja) y fachada. 
Inauguración: sábado 29 de junio a las 19:00 

Yayoi Kusama. Obsesión infinita será la primera muestra retrospectiva en América Latina de la mayor artista japonesa viva. Organizada por Malba – Fundación Costantini, en colaboración con el estudio de la artista, la muestra presentará un recorrido exhaustivo a través de más de 100 obras creadas entre 1950 y 2013, que incluyen pinturas, trabajos en papel, esculturas, videos, slideshows e instalaciones. 

Curada por Philip Larratt-Smith (Vice Curador en Jefe, Malba, Buenos Aires) y Frances Morris (curadora de la retrospectiva de Kusama en la Tate Modern, Londres), la exposición presenta la trayectoria de esta artista que va desde el ámbito privado a la esfera pública, desde la pintura a la performance, del estudio a la calle. 

Yayoi Kusama nació en Matsumoto, Japón, en 1929. Después de un poético conjunto de obras semi-abstractas en papel que marcaron sus comienzos en los 40, Kusama creó la célebre serieInfinity Net (Red Infinita) a fines de los 50 y comienzos de los 60. Estas obras originalísimas se caracterizan por la repetición obsesiva de pequeños arcos de pintura que se acumulan en grandes superficies siguiendo patrones rítmicos. El traslado de Kusama a Nueva York en 1957, donde conoció a Donald Judd, Andy Warhol, Claes Oldenburg y Joseph Cornell, marcó un hito en su carrera artística. De la práctica pictórica pasó a las esculturas blandas conocidas como Accumulations(Acumulaciones) y luego a performances en vivo y happenings, claros exponentes de la cultura alternativa neoyorquina con los que ganó reconocimiento y notoriedad en la escena artística local. 

En 1973 Kusama volvió a Japón y en 1977 se instaló voluntariamente en una clínica psiquiátrica en la que reside desde entonces. A la marcada peculiaridad psicológica de su obra, se suma un amplio espectro de innovaciones formales y reinvenciones que le permiten a la artista compartir con un público amplio su singular visión, a través de los infinitos espacios espejados y las superficies obsesivamente cubiertas de puntos que le han dado fama internacional. En obras más recientes, Kusama ha recuperado el contacto con sus instintos más radicales en instalaciones envolventes y piezas que invitan a la colaboración, obras que la han convertido en la artista viva más célebre de Japón. 

En ocasión de la muestra, Malba publicará un volumen especial editado en español e inglés. El libro incluirá una sección de ilustraciones en color de las obras de la muestra, ensayos de Larratt-Smith y Francis Morris, y una cronología visual de la vida de la artista. 

También en el marco de la muestra, y como continuación de la colaboración lanzada con el libroProximidad del Amor de Tracey Emin, Malba y Mansalva editarán un libro con dos cuentos y una nouvelle escritas por Kusama, en su primera traducción al español por Anna Kazumi Stahl y su madre, Tomiko Sasagawa Stahl. 

Itinerancia 
Malba – Fundación Costantini, Buenos Aires 
30 de junio – 16 de setiembre, 2013 

Centro Cultural Banco do Brasil, Río de Janeiro 
12 de octubre, 2013 – 26 de enero, 2014 

Centro Cultural Banco do Brasil, Brasilia 
17 de febrero – 27 de abril, 2014 

Instituto Tomie Ohtake, San Pablo 
21 de mayo– 27 de julio, 2014 

Museo del Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México 
25 de septiembre, 2014 – 19 de enero, 2015 


Exposición realizada con la colaboración de Kusama Studio con el apoyo de IRB-Brasil Re y las galerías Ota Fine Arts, Tokyo, Victoria Miro Gallery, London y David Zwirner, New York 


Socios corporativos 
Citi | Consultatio 

Auspiciantes 
Mercedes-Benz | El Esteco | Paseo Alcorta 

Soporte tecnológico 
Samsung 

Medios asociados 
La Nación | Telefé 

Con el apoyo de 
Knauf | Blomberg | Blue | Stella Artois |Plavicon | Osde | Park Hyatt 

Buenos Aires 


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CLARÍN


Yayoi Kusama: “Hago mis obras para sobrevivir al dolor, al deseo de muerte”

POR MERCEDES PÉREZ BERGLIAFFA

La artista es tan famosa por sus excepcionales obras como por su traumática historia marcada por el abuso.
Curadores. Frances Morris y Philip Larratt-Smith./MARCELO CARROL

29/06/13
“Si no pudiera hacer arte me suicidaría”. La respuesta fue clara. Un escalofrío me corrió por la espalda al leer el email recién llegado desde Japón, ayer por la mañana. Lo enviaba la mismísima artista Yayoi Kusama, ese mito viviente que hoy –por primera vez en la región– inaugura una retrospectiva con sus obras. Se trata de Obsesión infinita, la muestra curada en conjunto por la inglesa Frances Morris, jefa de colecciones internacionales de Tate Modern, y el canadiense Philip Larratt-Smith, vice-curador en jefe del Malba, en donde se realiza la exposición. Y aunque la artista no viaje a nuestro país para la ocasión –tiene 84 años–, están sus obras, y mucho material documental que Kusama envió: fotos de su niñez, de sus años en Nueva York –mostrando sus performances y orgías en las galerías de la ciudad–, y fotos de su retorno –ya agobiada y enferma– a Tokio. Allí reside desde los años ´70, cómodamente instalada en el neuropsiquiátrico Seiwa.
Famosa en todo el mundo desde hace décadas por sus polémicas y extrañísimas obras, sin embargo Kusama es también muy conocida por su difícil historia personal. Ella misma la explica: nacida en una familia japonesa tradicional, de clase media provinciana, con una madre feroz que le hacía seguir a su padre cuando se iba con sus amantes geishas –para luego obligarla a describir las escenas de sexo presenciadas y descargar sobre ella la ira–, Yayoi quedó aterrorizada del sexo durante toda su vida y muy traumatizada desde pequeña. “Comencé a sufrir alucinaciones visuales y auditivas desde chica”, comenta la artista en “La red infinita”, su autobiografía. “Veía auras alrededor de los objetos o escuchaba hablar a los animales y plantas.” En el ´57 logró escapar del infierno con un viaje a los Estados Unidos. Entonces comenzó una nueva etapa. Esto, en la exposición del Malba, se ve claramente: la primera sala –con pequeñas pinturas abstractas sobre papel–, da cuenta de sus obras producidas en Japón. Pero a partir de la segunda sala comienza el intento de liberación. Primero, las pinturas son blancas, monocromáticas; segundo, los objetos domésticos se cubren de penes de tela, blandos. Cuarto: hay una instalación fúnebre, con un bote; está cubierto de penes de tela y naturalezas muertas plateadas. Quinto: por todos lados aparecen lunares. “Es parte de su práctica de “autoborramiento”, explica Larratt-Smith. “Cada lunar es un rostro en el Cosmos y expresa, para Kusama, un deseo de paz”.
Pero sin dudas, la obra fuerte de la muestra, esa inolvidable, esa que le va a comentar a sus nietos que alguna vez vio, es la instalación “Lleno del brillo de la vida”: una caja cerrada, a plena oscuridad, repleta de lucecitas semejando ser estrellas. Una galaxia.
Ahora sí, Kusama, desde Japón, responde: –Yayoi, usted siempre habla de sus traumas, de los abusos que sufrió en la infancia y de la muerte. ¿Cree en la felicidad? ¿Se siente feliz alguna vez?

–Me siento feliz cuando realizo mis obras, cuando escribo poesía y pinto cuadros. También me siento feliz cuando contemplo el cielo azul, observo el mar abierto o conozco personas maravillosas. Agradezco el momento en el que siento que puedo aportar algo a la sociedad y puedo comprometerme con ella como artista.
–Me gustaría saber si a pesar de ser tan famosa, admirada y querida por el público de todo el mundo, se siente sola.

–Sí, me siento sola todos los días. A pesar de haber luchado a través del arte durante varias décadas, me siento asaltada por una gran soledad cuando pienso que pronto llegará mi muerte, y que ése es mi fin como ser humano.
–Yayoi, ¿siente que es posible superar el dolor?

–Vengo pensando en suicidarme desde que era muy pequeña. Para salirme fuera de esa idea, es que trabajo en el arte. Hago mis obras para sobrevivir al dolor, al deseo de muerte; pero luego el dolor vuelve a mí una, y otra, y otra vez. Sigo, todavía, en ese proceso de repetición. Pero voy a mantenerme luchando, y voy a darme cuenta de que la lucha terminará, en un instante: sólo cuando me llegue la muerte.






















miércoles, 17 de julio de 2013

EL HORNERO SERAFÍN Dedicado a mi hija Carla, la flamante arquitecta!!!

El hornero Serafín puso un enorme cartel frente a su nido, que decía: "ARQUITECTO SERAFÍN", construye su casa de medida.

Enseguida corrió la noticia entre todos los habitantes del bosque y sus alrededores.
Emilia, la nutria que vivía junto al río, fue la primera en encargarle una casa nueva porque ya estaba cansada de que se le inundara la suya cada vez que crecía el río. Y por eso le pidió a Serafín que le construyese otra mejor.
Serafín, que era un gran arquitecto, se puso a trabajar: primero hizo muchos cálculos, después los planos y por último, ¡una casa junto al agua y a prueba de inundaciones!
Emilia estaba requetecontenta con su nuevo hogar: era de madera, sobre cuatro patas y con una escalera.
Claro, con una vivienda tan alta, por más que creciese el río, ¡nunca podría alcanzarla!
También el puma Matías quiso una casa mejor porque, durante el invierno, la cueva donde vivía era muy fría y húmeda.
Entonces Serafín le construyó una cabaña de lujo, al pie de las sierras, con paredes de piedra, resistentes a cualquier tormenta y una estufa de leña con una chimenea, para que las noches de invierno no fueran tan frías. Matías podría dormir tranquilo, aunque cayera mucha nieve.
Y Serafín se hizo tan, pero tan famoso, que un día recibió una carta nada menos que, ¡del Polo Norte! Carolina la foca, le encargaba una casa.
Esta vez, el hornero tuvo que consultar un enorme libro, muy morrocotudo, para saber cómo se edificaban las viviendas en lugares tan, pero tan requetefríos como el Polo.
Por suerte, la explicación era clara: tenían forma redonda, se hacían con bloques de hielo y se llamaban "iglúes".
A Serafín le parecía muy extraño. Él había trabajado con ladrillos, piedras, madera y también adobe, como en su nido, ¡pero nunca con hielo!
A pesar de todo, puso manos a la obra y construyó un bonito "iglú", igualito al de la foto que mostraba el libro importante y morrocotudo.
También fabricó un cajón muy grande para meter adentro y enviar el iglú al Polo Norte.
Los amigos de Serafín lo acompañaron al puerto y todos juntos despacharon el gran cajón, con una etiqueta que decida: Sra. Carolina la Foca; de parte de Serafín, el hornero arquitecto.
El viaje fue muuuy largo y el barco pasó por lugares donde hacía muuucho calor. Y fue por ahí donde el iglú se derritió... y el agua se escurrió entre las maderas del cajón... y el cajón... ¡quedó vacío!
Por, eso, cuando Carolina la foca recibió el cajón vacío, exclamó entusiasmada:




-¡Pero qué moderno! ¡Un iglú cuadrado y de madera! -y muy contenta se instaló adentro.
Todos los pingüinos y focas del Polo, fueron a admirar el raro iglú "último modelo" de la foca Carolina.


BARTHE, Raquel Marta.

domingo, 14 de julio de 2013

AVE MARÍA

EL RITUAL DEL TRASTORNO OBSESIVO COMPULSIVO



Abarca toda la solemnidad de un ritual. Paso uno: lavarse las manos veinte veces, desde la punta de las uñas hasta las muñecas. Paso dos: secarse las manos a consciencia con una toalla inmaculada, sin pecados de mugre en sus fibras. Paso tres: repetir los pasos número uno y dos veinte veces. Si diez es el número máximo que se puede alcanzar en las calificaciones de la escuela, entonces el doble, para mayor seguridad. Paso cuatro: tomar seis cuadritos de papel higiénico, ni uno más ni uno menos. Tres para protegerse los dedos de la mano izquierda y recoger la toalla , y otros tres para lograr abrir la puerta sin ensuciarse de nuevo.
 
Ley: repetir todo después de una hora. Y luego, cuando las campanadas del reloj lo dicten de nuevo, repetir los pasos uno, dos, tres y cuatro. Y sesenta minutos más tarde, de nuevo. Y así todo el día.
 
Es el ritual del trastorno obsesivo compulsivo. Algunos de quienes lo practican hasta saben que no es necesario, que es irracional y puede lamentar toda la cantidad de tiempo que pierde en realizar la ceremonia. Pero no consigue evitarlo. Simplemente tiene que hacerlo.
 

PALIAR LA ANSIEDAD A TRAVÉS DE RITUALES


El trastorno obsesivo compulsivo (conocido como TOC) consiste en repetir acciones (las cuales se denominan compulsiones) para paliar la ansiedad que una persona siente. Está entre las cinco enfermedades psiquiátricas más comunes.
 
Quien lo padece suele tener una obsesión: una imagen, una idea o pensamiento recurrente que invade la consciencia de forma involuntaria, como por ejemplo, la suciedad. Para combatir la ansiedad provocada ante esta obsesión, la persona realiza entonces acciones repetitivas, que llegan a ser ilógicas y exageradas. Por lo general, quienes tienen TOC saben que es algo irracional y no sienten ninguna gratificación al hacer sus rituales, pero de alguna forma ayuda a amortiguar la ansiedad que experimentan.
 

ELIMINANDO LAS CEREMONIAS


Como acontece con la mayoría de los trastornos de ansiedad, la psicoterapia y los fármacos son las herramientas principales para eliminar este tipo de ceremonias obsesivo compulsivas.
 
Los ansiolíticos y antidepresivos ayudan a aminorar la ansiedad en los casos más graves, mientras la terapia avanza. Por otro lado un enfoque terapéutico que ha demostrado ser bastante exitoso es el conocido como la Exposición y prevención de respuesta.

Consiste en exponer al paciente a las situaciones que le generan ansiedad y que se acostumbre paulatinamente a manejarlas. Por ejemplo, alguien que se lava las manos puede ser motivado a tocar un pequeño objeto que considere sucio y no lavarse las manos por dos horas. Después, puede intentarlo con objetos más grandes o con más tiempo sin acudir al jabón en busca de consuelo. Aunque la persona no lo crea, la ansiedad se reducirá con el tiempo.
 
Lo importante por tener en cuenta es que el trastorno obsesivo compulsivo es tratable y que no hay necesidad de que los rituales dominen nuestras vidas, aunque en algún lado de nuestra mente se nos intente convencer de lo contrario a punta de jabón, numerología irracional o simplemente miedo.