BUBONIS

BUBONIS

domingo, 25 de noviembre de 2012

NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD



Cuando Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II, llegó a España en 1560, siendo aún una adolescente, trajo consigo un cuadro grande para su Capilla, representando a la Virgen sola, tras la sepultura del Señor.
Cuando mas suelta estaba en la lengua castellana y conforme al deseo del Rey, su marido, cambió el confesor francés que había traído, por confesor español, lo escogió en la orden religiosa de los mínimos de San Francisco de Paula y su Camarera Mayor, la muy piadosa Condesa de Ureña, recomendó para tal fin a un fraile, muy piadoso también, Fray Diego de Valbuena, toledano, al que por orden del Rey se le permitió libre entrada en Palacio.

El Padre Valbuena, por su sincera humildad y timidez en pedir influencias, acabó ganándose la admiración de los Reyes, que haciendo una excepción a decretos facilitaron un solar cerca de la Puerta del sol, extramuros entonces de Madrid, donde se levantó el Convento de la Victoria de los mínimos.

Los mínimos eran devotos de los Dolores de María y Fray Simón Ruiz, que acompañaba a Palacio a Fray Valbuena y era experto en pinceles, ya tenía puestos los ojos en el cuadro francés de Dª Isabel, comprometiendo al confesor a que se lo pidiera para el altar mayor de la nueva iglesia.

Enterada la Condesa de Ureña, desaconsejó la petición pues “tienelo S.M. por prenda muy querida desde su niñez en Paris”.

Llegó este deseo a oídos de la Reina y ofreció al pintor Fray Simón el cuadro en préstamo, para que hiciera la más exacta copia. Pero viendo el lienzo convinieron en que se hiciera una copia, pero no de pincel, sino de bulto. Intervino aquí D. Fadrique de Portugal, Caballerizo Mayor de S.M., sugiriendo al escultor Gaspar Becerra.

Aceptó éste el real encargo y puso manos a la obra. Talló una cabeza, pero no gustó a la Reina, talló una segunda, que al igual que la primera, aunque estaba muy bien tallada no guardaba el parecido con la Soledad del lienzo, y la Reina sentenció: “Si a la próxima vez no lo lográis, me obligaréis, contra mi voluntad, a llamar a otro escultor y pintor”.

Volvió Becerra al taller, se puso en oración. Hacía mucho frío y crepitaban los leños en la chimenea, cuando en la madrugada decidió acostarse. En sueños una voz, que mas tarde no sabría decir si de hombre o de mujer, le susurra varias veces “Gaspar, despierta, levántate, ve a la lumbre; arde allí un grueso tronco de roble; mátale el fuego, sácalo y lábrale, que ahora sacarás la imagen que deseas”.

Lo hizo el artista y esta vez la Reina quedó admirada. Gaspar Becerra mismo pintó la talla.

Diego Valbuena preguntaba “¿Cómo la vestiremos?” La Condesa de Ureña replicó “misterio es éste que dice de soledad y viudez... pues, sea negro su hábito, Padre Valbuena, como mis propias sayas y tocas de solitaria viuda...” y le regaló a la imagen rico manto negro. Y en el Convento de la Victoria se conservó la imagen hasta la desamortización de Mendizábal en 1835.
¿Y las otras imágenes desechadas por la Reina? Una, la segunda tallada, fue para D. Fadrique de Portugal, el cortesano protector de los mínimos. Y la primera, “que era de hermosa faz, aunque no semejante a la de pinceles” la tomó el Padre Valbuena para su hermano prebendado en la Primada Catedral de Toledo” y que parece que había cedido los terrenos o había ayudado a los mínimos en la fundación del Convento madrileño. Este prebendado de Toledo era el Doctor sacerdote Francisco de Valbuena, muerto en Arganda y enterrado en su parroquia en 1591.
En el testamento de Valbuena y entre el inventario de sus bienes está “la muy devota imagen de Nuestra Señora sin su divino Hijo” que los cofrades de la Veracruz se aprestaron a llevar a la ermita, con el consenso del Cura Párroco y albacea, Jiménez de la Cámara.
Unos años después de cumplidos los dos siglos, la imagen, que nacía para una reina francesa, a manos de francesa plebe ardería, en fiero contraste con el leño librado del fuego por el artista para hacer de su madera la imagen hermana.

actual imagen de Ntra. Sra. de la Soledad

El 6 de diciembre de 1808, las tropas napoleónicas quemaron en infame sacrilegio la Imagen de la que ya era la patrona de Arganda, la Santísima Virgen de la Soledad, aquella que Gaspar Becerra talló, casi dos siglos y medio antes, copiándola de un cuadro que hasta España había traído una adolescente Isabel de Valois cuando casó con el Rey Felipe II.

A finales de 1809, cuando se cumplía el triste aniversario de la profanación y se recrudecía la guerra, el sacerdote D. Marcelino Sanz Riaza, quiso gastar de su pecunio lo necesario para “la más bella imagen de la Soledad que el mejor artista hacer entonces pudiera”, por tal motivo buscaba por nuestros campos a un pastor para hacerle otro encargo distinto al de cuidar rebaño, 
era el escultor D. José Ginés y con él concertó D. Marcelino Sanz Riaza, representando a la devoción argandeña, una imagen de la Virgen, la actual de Ntra. Sra. De la Soledad.
El Hermano Mayor de la Cofradía, Manuel Riaza, y sus Mayordomos y Directivos describieron al artista como querían la talla de rostro y manos, pues como la anterior, esta debería ser también de las de “candelero” o de vestir.
Querían que se conjugaran en la imagen dos expresiones: la de sentimiento resignado, porque es dolor de Madre santa y como tal dolorosa y sola se la vestía en Semana Santa. Pero habría de tener también la expresión de majestad, que como Reina en sus dolores, y vestida de gala. Ginés aceptó el encargo.
José Ginés nació en Polop, Alicante en 1768, estudió en la Academia de Bellas artes de San Carlos de Valencia y más tarde, mediante una beca, pasa a Madrid. En 1794 es nombrado escultor de cámara en la corte de Carlos IV, en 1817 llegó a ser Director de la Academia de Bellas Artes y en 1823 falleció repentinamente en Madrid.
Tres mil reales fueron los honorarios que el artista aceptó de D. Marcelino Sanz Riaza y el 24 de junio de 1810 el  Cura Párroco D. José Hernández, bendijo la nueva imagen de la Virgen de la Soledad y la presentó y la expuso a la veneración de todo el pueblo. La misma imagen de la que el poeta andaluz afincado en el Arganda de finales del siglo XIX, José Jackson Veyán, exclamara: “que no hay Virgen más hermosa en los altares del mundo”.
La misma imagen de la que Castellano Cárles exclamó: “¡el arte no pudo hacer más! Parece que remontando hasta los cielos contempló a la Reina de los mártires, para representar a la que en los cielos reside”

Reseña extraída del libro “Arganda del Rey, apuntes para su historia” de D. Manuel Rodríguez-Martín y Chacón

Nuestra Señora de la Soledad



Ntra. Sra. de la Soledad, Capilla de Ntra. Sra. del Socorro, Catedral Metropolitana



Llanto en soledad


La soledad de la virgen, sin su hijo ya.


Escudo de Nuestra Señora de la Soledad, siete espadas atraviesan su corazón, siete dolores dejan a la virgen en soledad.

7 Dolores de la Virgen María
1.- La profecía de Simeón en la presentación del Niño Jesus
2.- La huida a Egipto con Jesús y José
3.- La pérdida de Jesús
4.- El encuentro de Jesús con la cruz a cuestas
5.- La crucifixión y la agonía de Jesús
6.- La lanzada y el recibir en brazos a Jesús ya muerto
7.- El entierro de Jesús y la soledad de María

http://www.rafaes.com/html-2004/soledad-servitas-besm-2007.htm
ORACIÓN
"Dignísima Madre de Dios, que estando en pie junto a la Cruz de Jesús,
vuestro Unigénito Hijo, le visteis penar, agonizar y morir,
quedando sola y desamparada,
sin más alivio que amarguras,
y sin más compañía que tormentos.
Participar quiere mi alma, oh dolorida Virgen,
en vuestras penas y aflicciones,
para que os acompañe toda mi vida en el justo sentimiento
de la muerte de vuestro querido Hijo.
Permitidme, oh solitaria Tórtola, que os asista
continuamente en tan amarga Soledad,
sintiendo lo que sentís, y llorando lo que llorais.
Infundid en mi pecho, oh Madre del verdadero amor,
una encendida caridad para amar a vuestro Divino Hijo,
que por mi amor murió crucificado;
y concededme el favor que pido en esta oración, para gloria de Dios,
honra vuestra y provecho de mi alma. Amén"

Estampa



jueves, 22 de noviembre de 2012

LLORAR CON CRISTO


No desprecies al pecador, porque todos somos culpables. Si por amor a Dios te levantas contra él, llora más bien por él. ¿Por qué lo desprecias? desprecia sus pecados, y reza por él, con el fin de ser igual a Cristo, que no se irritó contra los pecadores sino que rezó por ellos (cf Lc 23,34). ¿No ves cómo lloró sobre Jerusalén? Si nosotros también más de una vez hemos sido tenta
dos por el diablo. ¿Por qué despreciar al que como nosotros ha sido tentado por el diablo que se burla de todos nosotros? ¿Por qué, tú que eres sólo un hombre, desprecias al pecador? ¿Porque no es justo como tú? ¿Pero dónde está tu justicia, si no tienes amor? ¿Por qué no lloraste por él? Al contrario, lo persigues. Algunos, por ignorancia se irritan contra otros, porque creen tener el discernimiento de las obras de los pecadores.



Comentario de:

Isaac el Sirio (siglo VII), monje cercano a Mossoul, santo de las Iglesias ortodoxas 

Discursos ascéticos, 1ª serie, n° 60

sábado, 17 de noviembre de 2012

EVELINA OLIVERA


Nacida en Abrantes en 1961, vive en Oporto.
Ha participado en numerosas exposiciones tanto en Portugal como en el extranjero.
Ilustró varios libros para niños.
Fue galardonada con la Mención de Honor de Pintura Pequeño Formato (Lavradio, 2003), 1. Premio Bienal de Artes Plásticas Moita III (2007), III Apocalipsis Bienal de Artes Plásticas de Moita (2007).



















Su sitio: http://evelinaoliveira.blogspot.com.ar/

domingo, 11 de noviembre de 2012

ELENA FERRÁNDIZ, ILUSTRADORA

La Media Naranja


Dice la autora e ilustradora: "Con este libro pretendo ironizar con el mito de la media naranja. 
El libro cuenta el viaje de Tina, una media naranja que se siente 
incompleta y decide ir en busca de su otra mitad…

 En uno de sus libros, Platón cuenta una fábula de cuando 
los seres humanos tenían forma esférica y a los que Zeus 
castigó por su arrogancia cortándolos por la mitad. 
Desde entonces todos buscan su media mitad 
para completarse.

Quizá de ahí venga el mito de la media naranja 
y la necesidad de encontrarla, sin embargo es mejor 
pensar que aunque estamos completos buscamos 
que todo sea más redondo.




El abrigo de Pupa



Dice Elena: "A veces el miedo  es una envoltura demasiado pesada. . .

Pero también existe la posibilidad de transformación y superación.


Imágenes que cuentan, textos breves que se dibujan…
El nombre de la protagonista de este libro no es casual: Al igual que ella, 
algunos insectos también permanecen inmóviles en un estado 
que se denomina “pupa”. Una de las formas más vistosas de pupa 
es la crisálida: la envoltura o ninfa de las mariposas.








Algunas reseñas a este libro:

... Sus temores son brutalmente familiares, terriblemente humanos. También son contradictorios: a menudo se presentan por parejas,en un fascinante juego de contrarios, cargado de símbolos que invitan a la reflexión y que se adentran en el terreno de la filosofía. Las ilustraciones subrayan todo eso con su enorme lirismo y completan el significado del texto con símbolos e imágenes que son historias en sí mismas.

Elena Ferrándiz, de la mano de Thulé Ediciones, nos trae este hermoso relato; un canto a la valentía que supone esforzarse para perder los miedos que nos amenazan constantemente. Y elige para acompañar al sencillo pero impactante texto unas imágenes maravillosas, de una enorme carga expresiva. Una imagen para acompañar a cada uno de los miedos que los representan a la perfección.



Amor en Juego


Si alguna vez ha colocado en la casilla de salida sus sentimientos, si ha avanzado por los tableros del amor a ciegas, si ha puesto el corazón en juego, si ha apostado y ha ganado, si ha arriesgado y ha perdido, si sueña que tendrá más suerte en la próxima partida...
Tal vez se reconozca en algún juego de este libro.




Su autora dice: "Cuando uno/a se lanza al terreno de juego del Amor 
lo que desea es ganar la partida.

Quizá todo sería más fácil si se supiera en qué juego 
se está apostando el corazón. 
De esta manera podríamos conocer sus reglas en lugar 
de avanzar por tableros del amor a ciegas."





Su sitio: http://elenaferrandiz.blogspot.com.ar


SILENCIO

HERMENÉUTICO

Capítulo IV (Final)

El arma no podía estar cargada. Sin embargo los hechos decían algo muy distinto. 


¿Un hecho fortuito de una materialización espontánea? Difícilmente, los milagros deben ser tenidos en cuenta como la posibilidad tan lejana que no es una posibilidad. Antes había que ver en el factor humano: un error..., una traición...

Pero ¿quién? ¿X., hombre atormentado por la indiferencia de una mujer a quien deseaba darle una última ofrenda viendo caer en desgracia a su antiguo amor frustrado? ¿Una ofrenda perfecta y circular y así vivir para siempre en ese instante en que aún podía imaginarla suya, sabiendo que no lo era? ¿Trama perfecta? ¿Circular siquiera? El rector no tenía por qué tomar el informe para formar parte de su delirio. Y eso bastaría para alterarlo todo.
Acaso no se tratara del desgraciado profesor. Un secuaz con ilimitado acceso a su oficina, libre de manosear su gabinete con desparpajo en su ausencia. Un rencor secreto, una envidia en verdad no muy bien disimulada si W. se tomaba la molestia de recordar un poco a las actitudes de su secretario. El mismo que había preparado el informe. Él, que había traído a comparecer, no muchos momentos atrás, a X. frente a W.

Si W. no hubiese sabido lo abreviados que eran los sesos de su secretario, seguramente se habría inclinado por esta tangente de secuencias.

Y aún así quedaba una posibilidad última.

W. se distrajo al escuchar el sonido de las sirenas policíacas acercarse por la calle. Primero un silbido de advertencia y luego ya furiosamente. Durante un instante W. consideró despedir a su secretario a primera hora, nunca hacía lo correcto sin consultarle antes, y ahora, había actuado una vez más sin consultarle y levantado el tubo para telefonear al destacamento. Y no se había tomado la delicada cortesía de averiguar antes a qué se debía el estallido. Se maldijo por haber alguna vez accedido a ese contrato y se prometió a regañadientes que el siguiente en su lugar sería algo menos inoperante.

Entonces la idea acudió agitando las sangres en su rostro. W. sintió cómo la respiración se le aceleraba y algo muy parecido a la furia se atoraba en su pescuezo, produciendo profundos y guturales sonidos de odio. Sintió nauseas y tuvo que hacer un esfuerzo para que no devinieran en arcadas de su propia estupidez. Él lo había leído todo. Una y otra vez y había olvidado el final. Había hecho todo al pie de la letra desestimando lo que estaba viendo discurrirse ante sus ojos como antes había visto anticiparse el paso de las líneas. Y aún así lo había olvidado. Había olvidado que esa mañana se llevó una bala al bolsillo al salir de casa nada más que porque en el cuento así estaba escrito. Una sola y suficiente bala que a sus expensas haría por otro justicia a la mujer que él no había amado, a los brazos de la mujer que no había deseado. Ese maldito cuento le había ocultado hasta el final que en verdad estaba encerrado, un títere, una marioneta que jamás escaparía. Dicho al final ya no importaba, pues él estaba obligado al movimiento de la caída, y una vez en el principio, él sólo sabría lo que el cuento dijese que sabía. Nada más. Ahora sí le era permitido saberlo, estaba enjaulado por el que yacía a sus pies por una venganza de desamor de una mujer resentida y manipuladora que había aprovechado la idea del pobre idiota enamorado. Y le había dado un nombre. Y el maldito idiota había hecho lo que de él se esperaba que hiciera y ya, sin más.

W. miró al cuerpo que estaba mojando su alfombra, lo esquivó de un salto, echó llave a la puerta y volvió para sentarse en el sillón, a un extremo del escritorio. Ya podía oír los pasos sobre las escaleras que venían hacia él. Se serenó al escuchar los golpes a la puerta. Aún tenía una opción a la ignominia y la vil prisión de los comunes. Era culpable, plenamente culpable de lo que le habían obligado a hacer. ¿Pero cómo lo explicaría? La bravata de lo de presentar el informe no era más que eso. En principio, no bastaba para matar un hombre y lo sabía. La policía investigaría y descubriría su relación con Z., y la relación, si así se atrevían a llamarla, de X. con Z. Todo encajaría. “Triángulo amoroso entre un rector, una profesora, y un loco cómplice de terroristas para un final anunciado”, ese habría sido un titular extenso, pero muy de su agrado. Tenía que reconocer, aún así, que era una chanza un tanto cínica, sobre todo por lo referente al desenlace. No habría alegatos suficientes, y de haberlos, no habría carrera profesional que lo soportara. Sin embargo todavía existía una alternativa, durmiendo como un mal sueño que era también delirante escapatoria sobre el escritorio. Una prisión en la que conservaría su vida, su carrera y hasta su despacho. Para siempre, pero sólo eso. Se rió. W. se rió descontroladamente mientras escuchaba los golpes a la puerta y los frenéticos y protocolares anuncios policíacos de presentación. Golpeaban pero no tiraban la puerta abajo, un insulto de respeto dadas las circunstancias. Y a que no había otras puertas de escape.

Todavía su pipa echaba algo de humo y se la llevó a la boca. Era tangible de posibilidad que él mismo fuera a esas alturas sólo una versión más de una decisión que llevaba miles de veces siendo. Un eco de un recuerdo con formas de nostalgia repetido sin hartazgos. El instante parecería dilatarse indefinidamente hacía el infinito. Si el rector hubiese creído que fuera posible, habría dicho que por momentos escuchaba los pasos en las escaleras y las patrullas alejarse. El tiempo estaba tan estático que parecía repentinamente inverso y artificial. Sólo ahora que era tarde, llegó a él la idea de que podría haber escapado si tan siquiera lo hubiera intentado. Habría tenido el tiempo suficiente y la oportunidad allí estuvo, y había ya pasado.

W. estaba confuso y por un instante creyó todo esto era un recuerdo, quizás ajeno, de algo ya diluido en el tiempo. Tal vez ni siquiera fuera él el protagonista sino una sombra evadida a la memoria de la muerte, apenas un destello lúcido de un fantasma.
Esto no podía ser: él estaba pensando, ergo, él tenía que estar existiendo.

Pensando, ¿o recitando?, le dijo detrás de su mente una voz afilada como el puntazo de una avispa, que lo persuadió de estar siendo víctima de un parásito de la antropofagia discursiva.
–¡Maldito seas! – gritó W. al cadáver escupiendo rabias en su dirección, pero X. no reaccionó, su boca babeaba de rojo aún y su mirada se perdía en órbitas vacías y ausentes –. ¡Ésas no son mis palabras y las otras son tus réplicas!

W. tembló y se sostuvo del borde del escritorio. Seguían llamando a la puerta y era aún la primera vez que llamaban.
–Pero al menos estás muerto... – había asomado esa
idea y más rápido otra había venido a suplantarla. Sí, estaba muerto, pero en el eco estaría vivo por siempre a costa suya. Y antes de morir hasta se había atrevido a soñar con que era amado por la señorita Z., y ese instante repetido en la eternidad por el número de la eternidad se haría también eterno.

El paraíso mismo en la mente de otro, que jamás moriría, porque había sido transformado en esclavo de un extraño experimento de las formas de la idea.

El rector se odió por no poder resistir todo lo que llegaba a su cabeza. Se sentía atado al libro como un pusilánime y lloraba. Y lloraría por siempre y se sentiría un pusilánime por siempre.
Ella había sido demasiado cruel, nadie merecía ese tipo de inmortalidad. Al menos el escritor iba a tener piedad con él, pues si sufriría eternamente, no sufriría más de lo que lo había hecho la primera vez. Y la inmortalidad no era poca cosa como para no tener que pagar cierto precio por ella, ahora que podía verlo así.
W. rió sin ganas. Al menos este pensamiento reconfortó al rector cuando fatalmente cometió el error, conciente, obligado y vulgar, de volverse al informe y releer algo que aunque distraídamente, como para corroborar lo que ya sabía, fue suficiente para caer en la trampa que los primeros trazos del cuento le tenían preparada:

“Las escaleras de Belvedere, Capítulo I, W.; W., o para ser justos, a quien por razones de discreción llamaremos W., había encendido su pipa y aspirado tan profundamente como si fuera lo único en que realmente tuviese que ocupar su mente, permitiéndose un momentáneo olvido para mirar hacia el mundo exterior por las rendijas de la persiana a medio abrir...”.







Del Club de los Libros Perdidos

sábado, 10 de noviembre de 2012

10 DE NOVIEMBRE, DÍA DE LA TRADICIÓN ARGENTINA


El 10 de noviembre de 1834 nace José Hernández. Militar, periodista, poeta y político argentino, especialmente conocido como el autor del Martín Fierro, obra máxima de la literatura gauchesca. En su homenaje, el 10 de noviembre —aniversario de su nacimiento— se festeja en la Argentina el Día de la Tradición.
Participó en una de las últimas rebeliones federales, dirigida por Ricardo López Jordán, c
uyo primer intento de acción finalizó en 1871 con la derrota de los gauchos y el exilio de Hernández en el Brasil. Después de esta revolución siguió siendo por corto tiempo asesor del general revolucionario, pero con el tiempo se distanció de él.
A su regreso a la Argentina, en 1872, continuó su lucha por medio del periodismo y publicó la primera parte de su obra maestra, El gaucho Martín Fierro. Fue a través de su poesía como consiguió un gran eco para sus propuestas y la más valiosa contribución a la causa de los gauchos. La continuación de la obra, La vuelta de Martín Fierro (1879), en conjunto, forman un poema épico popular. Es generalmente considerada la obra cumbre de la literatura argentina.
Posteriormente desempeñó los cargos de diputado y senador de la provincia de Buenos Aires. Ocupando este último cargo, defendió la federalización de Buenos Aires en un memorable discurso, enfrentándose a Leandro N. Alem.



JOSÉ HERNÁNDEZ
Discurso sobre la federalización de Buenos Aires
(1880)
Discurso en la Legislatura de la provincia de Buenos Aires, noviembre de 1880, en Isidoro J. Ruiz
Moreno, La Federalización de Buenos Aires. Las leyes y los debates, Buenos Aires, 1980.

[…] Así, pues, había opinión en favor del doctor Tejedor, como hay opinión en
favor de la capital en Buenos Aires, y debe tomarse en consideración también la opinión del comercio extranjero, por más que ese comercio haya sido simpático a la política de Latorre o haya sido simpático a otras políticas más o menos duras y sangrientas. Ese comercio extranjero, que lo diré de paso, nunca hizo manifestaciones de
adhesión política al doctor Tejedor y que sólo se manifestó haciendo un mitin en favor de la paz, sin inclinar su voluntad ni su ánimo en pro de unos ni de otros; ese comercio ha manifestado diariamente su opinión en favor de la cuestión Capital por medio de sus órganos más legítimos, por medio de sus órganos más genuinos en la
prensa. Ese comercio extranjero tiene en la prensa de Buenos Aires; modelo de la
prensa de Sudamérica, porque no sucede un fenómeno semejante en ninguna parte,
ese comercio tiene diez periódicos en Buenos Aires. Tiene dos periódicos alemanes,
tres ingleses, uno suizo, dos franceses, tres italianos y uno español, y esos periódicos
sin excepción de uno solo, están en favor de la resolución de esta cuestión, haciendo
la capital en Buenos Aires, y lo repito, sin excepción de uno solo. A ellos no les agitan las opiniones políticas, a ellos no los mueven las ambiciones de los partidos, no
buscan la preponderancia de un círculo ni la preponderancia de una bandera; ven la
resolución de una gran cuestión que consolida la paz y el orden existente, y éstas son
las legítimas aspiraciones del comercio.
Difícil es por lo tanto que nadie deje de recibir los reflejos de esa opinión en todos los círculos sociales; yo he podido oírla en los clubes, en los cafés, en todos los
centros donde la sociedad tiene sus reuniones, he podido verla manifestada en las solicitudes que se dirigen a la Legislatura y en las manifestaciones espontáneas que se
publican por la prensa; puede encontrarse reflejada también en los diez órganos de la
prensa extranjera.

[…] Dijo que van a morir los partidos; y sobre esto tengo todavía en mi ánimo la
impresión que me dejó la pintura tocante y conmovedora del señor diputado.
De la República posible a la República verdadera (1880-1910)Si no tuviera el proyecto otra recomendación sino que van a morir los partidos, sería para mí suficiente para votar por él porque yo no quisiera partidos.
Las necesidades de la época me imponen el deber de afiliarme a uno; pero los dictados de mi conciencia me dicen, como argentino, que no debe haber partidos que dividan la sociedad. Si pudiera haber un rincón de la República, un perímetro donde no
existieran los partidos, allí sería la residencia obligada de todos los hombres honrados,
de todos los que quieren con sinceridad el bienestar de la patria. ¡Ojalá no hubiera partidos! ¡Ojalá no estuviera nunca dividida la sociedad! Entonces no veríamos nuestro
suelo mancharse con la sangre de sus hijos.
Dijo el señor diputado que la capital en Buenos Aires absorbe la vitalidad de toda
la Nación en una localidad privilegiada.
Y, señor presidente, aun cuando no tengo necesidad ni motivo alguno en este debate para salir de los límites de la República, que son los que me he trazado en mi ánimo
al tratar esta cuestión, haré una excepción en este punto.
Si nos atenemos a los ejemplos que nos ofrece la historia de todas las naciones modernas ha de apercibirse el señor diputado que las grandes ciudades no absorben la vitalidad, sino por el contrario la irradian poderosa, vigorosa y reformadora en favor de
la República, de todo el territorio del Estado. Londres no absorbe la vitalidad de Inglaterra; París no absorbe la vitalidad de la Francia; Buenos Aires no absorberá la vitalidad de la República.
Buenos Aires es el gran receptáculo de todas las ideas, es el laboratorio donde vienen a estar como en ebullición las ideas de progreso, las ideas de trabajo que nos envía
el Viejo Mundo y aquí se combinan con los sentimientos de independencia y de libertad, que son las fuerzas impulsivas del pueblo americano. Es en Buenos Aires donde
vienen a vigorizarse, a fortalecerse los sentimientos más puros de americanismos, para
irradiar desde aquí, vigorosos, fecundos, por todos los ámbitos de la República.
Buenos Aires, pues, lo he de demostrar también detalladamente, no va a absorber
la vitalidad de la República, sino que va a contribuir a darle robustez.
Una de las últimas proposiciones del señor diputado fue ésta, que me llamó mucho
la atención, y sobre la que he meditado con el mayor cuidado posible: que una vez constituida Buenos Aires en capital de la República, no podrá nunca detenerse una dictadura o una tiranía que se quiera ejercer.
No extraño la preocupación del señor diputado, porque es consecuente con su modo de ver la cuestión: él ve una dictadura en perspectiva.
No ha manifestado, o a lo menos no me he apercibido bien, si se ha referido a los
hombres o a las cosas; si su temor se refiere a los hombres, debe tener presente que los
hombres son transitorios e insubsistentes: los hombres son incapaces de hacer permanentemente el mal y permanentemente el bien de los pueblos; sólo las instituciones tie-
De la República posible a la República verdadera (1880-1910)nen este poder; son las instituciones las que pueden hacer secularmente desgraciada o
feliz a una Nación.
Pero si el señor diputado tiene la visión de una dictadura próxima, o más o menos
remota, yo le voy a demostrar para tranquilizar su ánimo que la ley que tratamos de sancionar, quiebra en la República todos los instrumentos de la dictadura, destruye todos
los elementos de la dictadura; y que si algo anhela el pueblo argentino para asegurar sus
libertades, para no verse nunca expuesto a nuevas tiranías ni a futuras dictaduras, es ver
resuelta esta cuestión de la capital en Buenos Aires; hacer de Buenos Aires la residencia permanente de las autoridades nacionales y garantirse por este medio contra toda
dictadura y contra toda tiranía en la República.
Todo instrumento de dictadura y de tiranía, lo repito, queda roto con esta ley.
Como la refutación de estas conclusiones del señor diputado han de constituir parte de mi discurso sin que me consagre exclusivamente a ellas, sino que he de hacerlo
en el orden general del debate, voy a agregar también de mi parte, la manera como yo
veo la cuestión, las conclusiones que saco de ella, que son ciertamente muy distintas de
las que él ha sacado.
Repito que hace setenta años que venimos luchando sobre lo desconocido, que vamos andando a lo incierto y a lo imprevisto; y ésta no es solamente mi opinión, sino la
de los hombres más ilustrados y más competentes del país; es también la opinión de los
que con más cuidado vigilan de cerca los destinos de la República.
El establecimiento de la Capital de la Nación en Buenos Aires tiene dos significados:
uno en el orden moral, en el orden de las ideas, en esa región serena donde nunca debe llegar la pasión de los hombres, en el ejercicio del derecho; y otro en el orden de los hechos.
En el orden de las ideas políticas, en el ejercicio del derecho constitucional, esto
significa resolver el último de los problemas de nuestra organización.
Hemos resuelto los problemas de la organización nacional en lo que respecta a los
principios políticos que debían servir de base a esa organización; los problemas de los
sistemas económicos; los problemas de la forma de gobierno con relación al gobierno
general y al de cada uno de los Estados; el último problema de hecho, que era la seguridad de la frontera; y para consolidar la obra, sólo nos falta sancionar el proyecto que
está a la deliberación de la Cámara.
Dar esta ley es resolver el último problema de nuestra organización definitiva.
He de demostrar, señor, sin esforzarme para ello, porque son claras y luminosas las
demostraciones, son evidentes, he de demostrar, digo, que la capital en Buenos Aires es
el único medio de afianzar en la República las instituciones federales; que es el único
medio de consolidar de una manera estable, permanente y sólida la nacionalidad argentina, el único medio de asegurar la paz, sean cuales fueran las condiciones personales
de los mandatarios, alejando para siempre los peligros de nuevas perturbaciones, de
De la República posible a la República verdadera (1880-1910)nuevos sacudimientos, de nuevas revueltas, de mares donde vayan los pescadores de
ríos revueltos.

[…] Una vez resuelta la cuestión Capital en el sentido que debe ser resuelta, no habremos hecho una evolución: habremos completado nuestro camino; y entonces los grandes
hechos de nuestra historia política podrán completarse con estas fechas notables:
1810, la emancipación;
1816, la declaración de la independencia;
1853, la Constitución federal;
1862, la integridad nacional incorporándose Buenos Aires;
1880, la organización de la República definitivamente constituida, con Buenos Aires por capital.

[…] Hasta 1853 el país no poseía una organización económica, no tenía un sistema
financiero; estaba consagrado a la clausura de los ríos, había aduanas interiores, se cobraban impuestos entre provincia y provincia, y no había un tesoro común.
Fue el Congreso Federal de 1853 que se reunió en Santa Fe, el que consignó en la
Constitución Nacional las doctrinas y los principios económicos más adelantados de
aquella época y aun de la época presente.
Muchas escuelas económicas se han disputado entre sí la preferencia. La una reputaba que debía darse toda ventaja al sistema comercial. Otra que creía que todo debía
provenir de la tierra; y la escuela más adelantada, la de Smith, que ennobleciendo el trabajo sostuvo que las fuentes verdaderas de la reproducción y de la riqueza de un país
son: el trabajo, el capital y la tierra.
Estos elementos de la prosperidad de todas las naciones se explotan por tres ramas
principales de la industria humana, que son: el comercio, la agricultura y la industria
propiamente dicha, comprendiendo en la agricultura, en el alto sentido económico, la
ganadería, la pesca, el cultivo de los bosques y todo cuanto tiene por razón principal su
existencia de la tierra.
En los distintos artículos de la Constitución Nacional, dispersos en todos ellos, encontramos la protección y la consignación de los principios que constituyen un completo régimen económico.
Así el artículo 14 de la Constitución Nacional, estableciendo la libertad con relación a la producción, a la riqueza y a la economía, dice lo siguiente: “Todos los habitantes de la Nación tienen los siguientes derechos: de trabajar y ejercer toda industria;
libertad de navegar y comerciar, de peticionar a las autoridades, de entrar, permanecer,
transitar y salir del territorio argentino”.
El art. 20 establece la igualdad de todos los ciudadanos bajo el régimen económico.
El art. 17 establece la garantía de la propiedad.
El art. 18 la seguridad y el 25 establece la educación industrial y comercial del pueblo.
De la República posible a la República verdadera (1880-1910)No necesito detenerme en el examen de cada uno de estos artículos constitucionales. Basta recordarlos.
Y pregunto: estos grandes principios económicos, ¿cómo han de desenvolverse mejor? ¿estando el centro de los poderes públicos, estando el Congreso que ha de dictar
las leyes orgánicas necesarias para su ejercicio, en este centro de comercio y de civilización, o hallándose fuera de él?
Claro es que es necesario que el Congreso nacional que ha de dictar esas leyes orgánicas reciba a cada momento las inspiraciones y los reflejos del comercio de Buenos
Aires, y nuestra legislación económica se resentiría de debilidad, de error y de atraso,
si los legisladores no se situaran en este gran centro y se inspiraran en él para dictar las
leyes.
Es una necesidad económica bien entendida y siempre sentida que el Congreso, que
ha de dictar las leyes de una Nación, resida en el centro principal de esa Nación.
El desarrollo, el adelanto de la riqueza pública necesitan una legislación especial.
Tenemos una República que posee los principales elementos de prosperidad, una
República que está esperando tranquilidad, confianza y paz inconmovibles para desenvolver grandes elementos.
Actualmente, señor, he visto en los periódicos la noticia de la llegada de tres o cuatro vapores con un número considerable de inmigrantes.
Ésta es la única República sudamericana que recibe la inmigración europea en ese
alto grado. ¿Por qué? Porque encuentra en nuestro país lo que ninguna República les
ofrece. Encuentra un territorio fértil, un clima benigno, una producción valiosa, una legislación liberal, un erario generoso, una índole como es la índole argentina que no tiene grandes preocupaciones, no tiene fanatismos religiosos arraigados, ni esa resistencia nativa contra el extranjero tan común en otras partes.
Con la solución de esta cuestión se concurre a llamar el elemento europeo para el
desenvolvimiento y progreso de este país, y no podemos calcular cuánto va a ser si
se resuelven los problemas interiores y entramos tranquilamente en el camino del progreso.

[…] Está dictada la ley que convoca una Convención Nacional en Santa Fe para el
caso que la Legislatura de la provincia no se haya pronunciado hasta el 30 de este mes.
Es conciencia nacional que la Capital de la República debe estar en Buenos Aires;
pero ¿a qué nos exponemos, señor, si detenemos esta sanción? A que la Convención Nacional la imponga, habiendo nosotros cometido el error de no aceptarla, o a que la Convención Nacional federalice mayor cantidad de territorio que el que puede hacerle falta para el desenvolvimiento de una capital nacional; y que quién sabe cómo lo recibiría
el sentimiento público de Buenos Aires; o a que la Convención Nacional decretara la
capital fuera de Buenos Aires.
De la República posible a la República verdadera (1880-1910)¿Y habrá alguno de mis honorables colegas que no vea los peligros, los perjuicios,
los males que traería al comercio y al progreso de la República la capital fuera de Buenos Aires?
Una razón salta y manifiesta claramente. ¿No sería imprudente, señor, dar lugar a
que se levantara en la República un centro en donde residieran los poderes públicos de
la Nación y cuya legislación pudiera venir a considerar como rival de su progreso al
pueblo y comercio de Buenos Aires? ¿Qué prudencia, qué habilidad política habría en
levantar desde ya una ciudad rival de Buenos Aires? ¿Y no podría también suceder que
esa rivalidad se reflejase en la legislación? ¡Y a cuántos daños, a cuántos perjuicios daría lugar, y a qué consecuencias nos llevaría todo esto!
Señor presidente: la ley de Capital es necesaria bajo el punto de vista económico,
comercial y bajo el punto de vista de una buena y regular administración.
La Capital debe estar en Buenos Aires, considerada la cuestión bajo el punto de vista
histórico; y debe serlo bajo el punto de vista de todas las grandes conveniencias nacionales: el comercio, la industria, la producción, el desenvolvimiento de nuestros elementos
materiales y morales de progresos nos aconsejan sancionar la Capital en Buenos Aires.
Pero a más del engrandecimiento interior, de este desenvolvimiento fácil y natural
de nuestros elementos de prosperidad, ¡cuánto ganaría la República en consideración y
en estima ante los gobiernos europeos, cuando, habiendo el vapor de julio llevádoles la
noticia de nuestras disensiones y de nuestras luchas sangrientas, el vapor de diciembre
les llevara la noticia de haber dado solución a uno de los más importantes problemas de
la República, tranquila y serenamente deliberado! Ciertamente que esto hablará mucho
en honor del país y en obsequio a los legisladores que lo resolvieron.
Y no sólo bajo ese punto de vista puede mirarse la cuestión. Hay otros objetivos
que debe tener presente el legislador.
Hemos examinado la cuestión bajo el punto de vista histórico, y la Historia, eco de
los acontecimientos pasados, debe servirnos de ejemplo para el porvenir. La hemos examinado bajo el punto de vista comercial, y los números, como dijo Pitágoras, están llamados a gobernar el mundo o, como dijo Goethe, si no están llamados a gobernarlo, están por lo menos destinados a enseñar cómo se gobierna.
Debemos leer la historia sin pasión y los números sin temor; pero, en este caso, felizmente tanto la historia como el examen de los números nos aconseja una sanción
igual: la capital en Buenos Aires.
Fuera de la consideración que la República Argentina obtendrá ante los ojos de las
potencias europeas, ¡cuánto vamos a ganar también en consideración y respeto ante las
demás Repúblicas americanas!
Tengamos previsión; tengamos cautela.
Nuestra situación exterior es despejada y serena, pero nadie puede decir lo que ven-
De la República posible a la República verdadera (1880-1910)drá mañana, nadie puede decir cuáles son los misterios del porvenir y es conveniente
que en los hombres de Estado haya gran previsión.
No podemos lanzar un rayo de luz en las tinieblas del futuro; pero esa paz exterior
¿durará siempre? Dios quiera que sí, señor presidente, pero me asaltan muy serios temores.
Digámoslo despacio, muy despacio, para que no lo oigan más allá de los Andes, ni
más allá del Atlántico: la prensa americana ha hablado de la existencia de un tratado secreto entre Chile y el Brasil.
Cierto o no, apelo a la conciencia de mis colegas, si hay alguno que se crea tan seguro que afirme lo contrario, cuando la existencia de ese tratado lo ha denunciado la
prensa de la otra banda del Plata, uno de cuyos diarios tiene a su frente un sesudo diplomático y otros jóvenes que son la esperanza de aquella República, que han examinado esta cuestión, los peligros que entraña, y han venido a esta conclusión: “si ese tratado existe, la conflagración de las Repúblicas del Plata es inminente”.
Por eso he dicho: no podemos lanzar un rayo de luz en las tinieblas del porvenir;
pero tengamos previsión, tengamos cautela; los hombres de gobierno deben tener el sentimiento de su época, es decir, el instinto de los peligros.
El inmortal autor del Espíritu de las leyes, decía “La primera calidad de los hombres de Estado es: ver pronto, claro y lejos”.
Y esto que se dice de los hombres de Estado, debe ser aplicado a los poderes públicos encargados de dirigir los destinos de una nación y a cuantos de alguna manera tienen
que influir con su voto en la suerte de la patria. Todos deben ver pronto, claro y lejos.