La increíble historia de la pintora de los ojos gigantes
Jaime GonzálezBBC Mundo, Los Ángeles, @bbc_gonzalez
A principios de los años 60 Walter Keane era uno de los artistas más famosos de Estados Unidos, gracias a los retratos que pintaba: niños, mujeres y animales con unos enormes ojos llenos de tristeza.
Su estilo -que no era del gusto de la mayoría de los críticos de arte, que lo consideraban demasiado kitsch- se hizo inmensamente popular en esa época, lo que le generó decenas de imitadores y le permitió amasar una enorme fortuna.
Junto a su esposa Margaret, con la que residía en California, el pintor se codeó con grandes estrellas de Hollywood como Natalie Wood, Joan Crawford, Jerry Lewis o Kim Novak, algunas de las cuales llegaron a pedirle que las retratara.
Incluso el propio Andy Warhol alabó el trabajo de Keane, con el argumento de que si era tan exitoso no podía ser tan malo como aseguraban los críticos.
Pero en el ascenso de Keane a la cima del arte para las masas tan sólo había un problema, que no se conocería sino hasta años después: quien creaba las pinturas no era él, sino su esposa, a la que durante cerca de una década mantuvo en casa encerrada en un estudio, trabajando sin descanso en los cuadros.
Ahora, el cineasta Tim Burton acaba de rodar una película titulada Big Eyes ("Ojos grandes") basada en la historia del matrimonio Keane, a quien dan vida Amy Adams y Christoph Waltz.
El estreno de la cinta, previsto para fines de diciembre, ha hecho que crezca el interés por la vida y obra de Margaret Keane, quien con 87 años sigue pintando y no se cansa de contar el calvario por el que pasó por cuenta de su exmarido, quien falleció arruinado en el año 2000.
Una gran mentira
Los retratos que Keane pintaba de niños con enormes ojos tristes se hicieron muy populares en los 60.
Walter Keane siempre contaba que su arte estaba inspirado en los pobres niños que vio a fines de los años 40 en el Berlín devastado por la Segunda Guerra Mundial, mientras estudiaba en Europa con la intención de convertirse en pintor.
A su regreso a EE.UU. se instaló en la ciudad de San Francisco y se dedicó a las transacciones inmobiliarias, ya que con la venta de sus cuadros no le daba para vivir.
A mediados de los años 50 conoció a su esposa Margaret en un festival de arte.
Ella, que acababa de divorciarse y tenía una hija, encontró en él una figura protectora que le permitió empezar una nueva vida. La pareja contrajo matrimonio en 1955.
Poco a poco los cuadros de los niños de los ojos gigantes empezaron a ganar popularidad.
Margaret Keane ha descrito en numerosas ocasiones el momento en que se enteró que su marido estaba haciéndose pasar por el autor de los retratos que ella pintaba.
Fue una noche en el club nocturno de San Francisco The Hungry i, donde él exhibía y vendía las pinturas.
Estaba sentada en una esquina del local cuando alguien se le acercó y le preguntó si ella también pintaba. Ahí fue cuando se dio cuenta de la gran mentira.
Se puso furiosa y al llegar a casa se enfrentó a su marido, quien se justificó diciendo que necesitaban el dinero y que era demasiado tarde para dar marcha atrás: ya que todo el mundo pensaba que él era el autor de los cuadros, firmados tan sólo con el apellido Keane.
Preocupada por lo que podría pasarle a ella y a su hija si abandonaban a su esposo, Margaret decidió participar en el embuste.
Con el dinero que ganaban con los cuadros de los niños de ojos gigantes, se compraron una gran casa con piscina. Y mientras Walter se daba al alcohol y a las mujeres, Margaret pasaba hasta 16 horas al día encerrada en su estudio pintando.
A principios de los años 60, la pareja ya era muy conocida y por sus cuadros se pagaban decenas de miles de dólares.
Las reproducciones de las pinturas se vendían en todo el mundo y no era difícil encontrar copias de las obras atribuidas a Walter Keane en las casas de muchas familias de la clase media estadounidense de la época.
Cuando, en una reciente entrevista, le preguntaron a Margaret Keane sobre la tristeza que emanaba de sus cuadros, explicó que no fue sino hasta años después de pintarlos que se dio cuenta que estos reflejaban la opresión que ella sentía en su propia vida.
Las obra de Keane se podían llegar a vender por US$50.000.
Tras diez años de matrimonio, en 1965 la pareja se divorció.
Margaret se mudó a Hawái, contrajo matrimonio con un comentarista deportivo y se hizo testigo de Jehová.
En 1970, cuando sus cuadros ya habían pasado de moda, decidió que no iba a mentir más cuando le preguntaran sobre su autoría y le contó toda la verdad a un periodista de la agencia UPI.
Su exmarido contratacó asegurando que su esposa era una mujer infiel y una mentirosa compulsiva.
Ella lo retó a que ambos pintaran en público uno de los cuadros para demostrar quién era realmente el autor, aunque él se negó.
Walter Keane se mudó una temporada a vivir a Europa mientras amainaba la tormenta.
Pero a mediados de los 80, en una entrevista con el diario USA Today, Keane aseguró que su esposa se había atribuido la autoría de las pinturas porque pensaba que él había fallecido.
La gota que colmó el vaso
Margaret Keane, de 87 años, vive en Napa, en el norte de California, donde tiene una galería en la que vende su arte.
Eso fue la gota que colmó el vaso. Margaret demandó a Walter por difamación y, tras un juicio que duró varias semanas, el juez les pidió a ambos que hicieran en la sala uno de los retratos.
Ella pintó a un niño de enormes ojos tristes en apenas 53 minutos. Él se negó a hacerlo alegando que tenía un problema en un hombro.
El juez acabó concediendo a Margaret una indemnización de US$4 millones que Walter -quien tenía graves problemas con la bebida- nunca llegó a pagar, ya que había dilapidado toda la fortuna que había amasado con los cuadros de su exesposa.
El periodista Adam Parfrey, fundador de la editorial Feral House, llegó a entrevistar a Walter Keane cuando éste malvivía a principios de los años 90 en la localidad californiana de La Jolla.
Según explica Parfrey en conversación con BBC Mundo, cuando conoció a Keane le dio la sensación de que era "un farsante y un mentiroso".
Parfrey, quien junto a Cletus Nelson escribió una biografía de Keane titulada Citizen Keane("Ciudadano Keane"), asegura que él seguía insistiendo en que su mujer era la que mentía.
El periodista señala que Keane era un hombre muy inteligente con unas grandes dotes para el marketing y la autopromoción. Pese a ello, parecía vivir alejado de la realidad.
Ahora, según Parfrey, la figura de Margaret Keane -a quien describe como una mujer muy agradable- será reivindicada gracias a la película de Tim Burton.
Tampoco sería de extrañar que las pinturas de los niños de ojos gigantes, denostadas hace unas pocas décadas por los críticos y codiciadas por el gran público, vuelvan a ponerse de moda.
Sábado, 20 de julio, SOCIEDAD CONSECUENCIAS POSITIVAS DE INFORMAR QUE EL TRATAMIENTO YA NO TIENE SENTIDO PUES LA ENFERMEDAD ES TERMINAL
Una investigación revela que para los pacientes que recibieron información “fue mucho mayor el acceso a cuidados paliativos, hubo mucho menos tratamientos agresivos al final de su vida y muchos de ellos fallecieron en sus casas”.
Por Pedro Lipcovich
“La conversación más difícil” es la que tiene lugar entre el médico –generalmente, un especialista en cáncer– y su paciente, “cuando hay que comunicarle que su enfermedad es terminal. Muchas veces, esta conversación es evitada”: así lo advierte la investigación que un equipo de oncólogos argentinos presentó en un congreso internacional. El estudio consideró a 110 pacientes: con 70, el médico había propiciado un diálogo abierto sobre la enfermedad y su pronóstico; en los restantes 40, esa conversación no había tenido lugar. Se constató que, entre los que habían tenido la conversación, fue mucho mayor el acceso a cuidados paliativos, hubo mucho menos tratamientos agresivos cerca del final de la vida y fueron muchos más los que murieron en paz, no en un hospital sino en sus casas, junto a sus seres queridos. “La ‘conversación más difícil’ no acortó la existencia de ningún paciente y mejoró la calidad de su vida”, señaló uno de los autores del trabajo. También mejoró la relación entre el paciente y su familia, ya que “es mejor que las emociones se expresen honestamente: de otro modo, la familia llora en la cocina ‘para que el enfermo no se entere’, y el paciente llora a solas ‘para que ellos no se enteren’”.
El trabajo fue presentado el año pasado en el Congreso de la American Society of Clinical Oncology (ASCO), en Estados Unidos, y se llama “Conversaciones difíciles con pacientes terminales”. Fue realizado por Eduardo Morgenfeld, Gastón Martín Reinas, Daniela Gercovich, Ernesto Gil Deza, Edgardo Rivarola y Felipe Gustavo Gercovich, del Instituto Oncológico Henry Moore, de Buenos Aires. Los autores advierten que “más de la mitad de los pacientes oncológicos pueden morir debido a la enfermedad, y en cierto momento el oncólogo debe comunicarles que su enfermedad es terminal. Esta es la conversación más difícil para un oncólogo clínico y muchas veces es evitada”. El objetivo de la investigación fue “determinar si los tratamientos y la evolución de los pacientes son afectados por haber tenido esa que llamamos ‘la conversación más difícil’”.
¿Qué se dice en esa conversación? “Cuando la enfermedad progresa y el médico no tiene tratamiento eficaz para ofrecer o sólo cuenta con tratamientos muy tóxicos y de muy baja eficacia, es razonable que se siente ante el paciente, cara a cara: ‘Con la enfermedad, yo llegué hasta aquí, pero mi función no es sólo tratar la enfermedad, sino cuidarte de la mejor manera. Entonces llegó el momento en que necesito saber qué querés vos; contra la enfermedad, ya no tengo muchas armas, pero a vos puedo y debo acompañarte hasta el final’.” Así lo planteó Ernesto Gil Deza, director de investigación y docencia del Instituto Henry Moore.
Los investigadores consideraron los casos de 110 pacientes que habían fallecido entre el 1° de enero y el 31 de diciembre de 2011 como consecuencia de la enfermedad y que habían sido atendidos por el mismo médico desde el diagnóstico hasta la muerte. Del total, 58 eran hombres y 52, mujeres. Con 70 de ellos, el médico había sostenido la “conversación más difícil”; con 40, no.
De los 70 pacientes que habían podido tener la conversación más difícil, 55 accedieron después a cuidados paliativos, es decir, casi el 80 por ciento. En cambio, de los 40 que no habían tenido esa conversación, sólo 15 recibieron cuidados paliativos, es decir, menos del 40 por ciento. ¿Por qué tan impresionante diferencia en la calidad de vida? “En el marco de la conversación –contestó Gil Deza–, muchas veces el paciente dice: ‘Ya estoy cansado de hacer quimio: ¿no podríamos tomarnos unas vacaciones?’ ‘Me parece muy bien. Y hay equipos profesionales que se ocupan específicamente de aliviar los síntomas lo más posible, haciendo lo que se llama cuidados paliativos: puedo contactarte con ellos.’”
Además, al acercarse la muerte, los pacientes que habían tenido la conversación pasaron, en el último tramo de la vida, un promedio de 80 días sin recibir quimioterapia, o sea sin padecer los efectos tóxico; en cambio los que no habían tenido la conversación sólo pasaron 43 días liberados de la quimioterapia. De los 70 que habían tenido ese diálogo, 44 quisieron y pudieron morir en sus casas. De los que 40 que no habían tenido la conversación, sólo seis pudieron morir en casa y 34 fallecieron en el hospital.
“El acceso a esa conversación resulta en una evolución con menos quimioterapia hasta el momento de la muerte, menos signos de toxicidad, mejor calidad de vida; la mayoría falleció en su domicilio, en un marco de cuidados paliativos. Hubo un perfil de vida bien distinto para un grupo y para el otro”, comentó Gil Deza.
El trabajo presentado en Estados Unidos resume así las cuestiones que se abordan en la conversación más difícil: “La enfermedad como progresiva e incurable; la baja efectividad de los tratamientos posibles; la perspectiva de la muerte”. Y toman un lugar central “los deseos de los pacientes”, respecto “del tratamiento oncológico, los cuidados paliativos, el lugar donde han de morir”, e incluso “el destino del cuerpo” y “el cuidado de la familia” luego de la muerte.
En cuanto al cuerpo, “hay pacientes que en esa conversación manifiestan su voluntad de que el cuerpo sea cremado, por ejemplo, o prefieren que no haya velatorio”, ejemplificó Gil Deza. Y también es bueno que expresen sus preocupaciones por lo que será de su familia cuando ya no estén: “Lo que le causa más dolor al paciente puede ser pensar que, tras su muerte, quizá su hijo menor no pueda terminar el secundario pero, a partir de que eso se manifieste, se generarán respuestas, y tal vez intervenga el hijo mayor: ‘Papá, no te preocupes por eso, queda a cargo mío’”.
Es que “siempre es mejor que las emociones se expresen honestamente: de otro modo, estarán los hijos llorando en la cocina y la mujer en el baño pero poniéndole buena cara al padre enfermo ‘para que no se entere’, mientras el paciente llora a solas y pone a su vez buena cara ‘para que ellos no se enteren’”, advirtió el oncólogo.
Pero, ¿por qué, en esta investigación retrospectiva, resultó que en sólo 70 de los 110 casos se había efectuado esa conversación, tan difícil pero tan beneficiosa? “Nuestro estudio mostró que el problema está en el médico: el médico está mucho menos capacitado que el paciente para encarar una conversación de esta naturaleza”, contestó Gil Deza. “Por supuesto –aclaró– puede ser que el paciente no quiera hablar del tema. Pero muchas veces desde la medicina le expropiamos ese momento, por nuestra incapacidad para hablar con él y para escucharlo.” Por lo demás, Gil Deza puntualizó que “es más común que las pacientes mujeres prefieran tener esta conversación y es más frecuente que los pacientes hombres prefieran no tenerla”.
La investigación enumera las razones que aducen los médicos para evitar esa conversación. “Miedo a la reacción del paciente”; “miedo a dañar al paciente”; “falta de disposición para abordar temas relacionados como la muerte”; “falta de experiencia o entrenamiento en la cuestión”; “incapacidad para inspirar esperanza”; “el paciente no quiere discutir el tema”; “la familia del paciente no le permite al médico hablar del tema con él”.
“Tal vez una familia no quiera que el médico tenga esa conversación con el paciente, pero en tal caso conviene advertirles: ‘Ninguna verdad es más difícil de sostener que la mentira: el paciente irá empeorando y cada vez será más difícil sostener la mentira’ . Por otra parte, si el paciente no tiene una incapacidad, nuestra obligación es con él, no con la familia. Claro que el argumento de que la familia se opone resulta una buena excusa para el profesional: ‘Yo estaba dispuesto pero como no me dejaron...’ –agregó Gil Deza–. Y, en cuanto a la supuesta incapacidad del médico para dar esperanza, no es él quien tiene que darle esperanza a su paciente: el paciente mismo construirá su esperanza, pero hay que darle la oportunidad de hacerlo.”
Y observó: “Muchas veces, los médicos que no son capaces de tener la ‘conversación más difícil’ la reemplazan con quimioterapia. Se sienten compelidos a ofrecer más tratamiento. En nuestro estudio, entre los pacientes con los que no se tuvo la conversación hubo algunos que recibieron quimioterapia hasta 15 días antes de morirse: el médico sabía que se iba a morir y le seguía haciendo quimioterapia. Y un resultado importante de nuestro estudio es que las dos poblaciones de pacientes vivieron lo mismo. La ‘conversación más difícil’ no acortó la existencia de ningún paciente, y hay pruebas de cuánto mejoró la calidad de su vida”.
“Nos enseñaron desde niños cómo se forma un cuerpo, sus órganos, sus huesos, sus funciones, sus sitios, pero nunca supimos de qué estaba hecha el alma” Mario Benedetti.
Quizás no seamos conscientes de todo aquello que nuestras emociones iluminan y ensombrecen a lo largo de nuestra vida. Nadie nos dijo como manejarlas, como cambiarlas o aprenderlas, parece como si nos olvidáramos de ellas por el simple hecho de que no se vean. Pero, ¿acaso no son fundamentales en nuestro día a día?
¿POR QUÉ SON TAN IMPORTANTES LAS EMOCIONES?
Las emocionesdeterminan nuestra relación con el mundo. Nuestra salud mental y bienestar personal se influyen mutuamente, dependiendo en gran medida de cómo nos relacionamos con el mundo, así de las emociones que se generan. Al nacer no tenemos desarrollados el pensamiento, ni el lenguaje, ni siquiera podemos planificar lo que hacemos, sin embargo, nuestras emociones nos permiten comunicarnos e identificar aquello que es bueno y malo para nosotros.
A través del llanto, la sonrisa o conductas rudimentarias nos vamos relacionando con el mundo y el resto de seres humanos. Así podemos afirmar, que nuestras emociones configuran nuestro paisaje físico, mental, anímico y social.
¿POR QUÉ ES IMPORTANTE EDUCAR EN EMOCIONES?
Las emociones nos aportan información sobre nuestra relación con el entorno. Experimentamos alegría o satisfacción cuando las cosas nos van bien, y tristeza o desesperanza, cuando sucede todo lo contrario, como que experimentemos pérdidas o amenazas.
Cada vez que experimentamos una emoción, podemos crear pensamientosacordes a esta, interviniendo además nuestro sistema nervioso como el preparador del organismo para la mejor respuesta. Las emociones son como un sistema de alarma que se activan cuando detectamos algún cambio en la situación que nos rodea; son recursos adaptativos que los seres humanos presentamos, y que dan prioridad a la información más relevante para cada uno, activando así diferentes procesos que nos permitirán dar una respuesta
En la infancia, experimentar emociones positivas con frecuencia, favorece el posible desarrollo de una personalidad optimista, confiada y extrovertida, sucediendo lo contrario con la vivencia de emociones negativas. Así una adecuada educación emocional, permitirá adquirir destrezas para el manejo de los estados emocionales, reducir las emociones negativas y aumentar en buena medida, las emociones positivas.
En este sentido, podemos mencionar por ejemplo, el saber resolver de manera asertiva los conflictos, encajar una frustración a corto plazo a cambio de una recompensa a largo plazo y manejar nuestros estados de ánimos para motivarnos.
BENEFICIOS DE LA EDUCACIÓN EMOCIONAL
Una buena educación emocional conlleva todo un proceso de aprendizaje en el que se va construyendo la visión del mundo, de nosotros mismos y cómo nos manejamos. Además cada experiencia que vivimos tiene un tono emocional, agradable o desagradable. Con un desarrollo adecuado de las emociones podremos: -Recuperarnos antes en el tiempo de la experimentación de emociones negativas.
Adoptar una actitud positiva ante la vida. -Ser más optimistas, pero no en exceso. -Saber expresar nuestros sentimientos. -Tener una autoestima realista. -Presentar capacidad de cooperación y una buena resolución de conflictos.
Del 30 de junio al 16 de septiembre. Yayoi Kusama. Obsesión infinita Curadores: Philip Larratt-Smith y Frances Morris.
Sala 5 (2º piso), sala 1 (planta baja) y fachada. Inauguración: sábado 29 de junio a las 19:00
Yayoi Kusama. Obsesión infinita será la primera muestra retrospectiva en América Latina de la mayor artista japonesa viva. Organizada por Malba – Fundación Costantini, en colaboración con el estudio de la artista, la muestra presentará un recorrido exhaustivo a través de más de 100 obras creadas entre 1950 y 2013, que incluyen pinturas, trabajos en papel, esculturas, videos, slideshows e instalaciones.
Curada por Philip Larratt-Smith (Vice Curador en Jefe, Malba, Buenos Aires) y Frances Morris (curadora de la retrospectiva de Kusama en la Tate Modern, Londres), la exposición presenta la trayectoria de esta artista que va desde el ámbito privado a la esfera pública, desde la pintura a la performance, del estudio a la calle.
Yayoi Kusama nació en Matsumoto, Japón, en 1929. Después de un poético conjunto de obras semi-abstractas en papel que marcaron sus comienzos en los 40, Kusama creó la célebre serieInfinity Net (Red Infinita) a fines de los 50 y comienzos de los 60. Estas obras originalísimas se caracterizan por la repetición obsesiva de pequeños arcos de pintura que se acumulan en grandes superficies siguiendo patrones rítmicos. El traslado de Kusama a Nueva York en 1957, donde conoció a Donald Judd, Andy Warhol, Claes Oldenburg y Joseph Cornell, marcó un hito en su carrera artística. De la práctica pictórica pasó a las esculturas blandas conocidas como Accumulations(Acumulaciones) y luego a performances en vivo y happenings, claros exponentes de la cultura alternativa neoyorquina con los que ganó reconocimiento y notoriedad en la escena artística local.
En 1973 Kusama volvió a Japón y en 1977 se instaló voluntariamente en una clínica psiquiátrica en la que reside desde entonces. A la marcada peculiaridad psicológica de su obra, se suma un amplio espectro de innovaciones formales y reinvenciones que le permiten a la artista compartir con un público amplio su singular visión, a través de los infinitos espacios espejados y las superficies obsesivamente cubiertas de puntos que le han dado fama internacional. En obras más recientes, Kusama ha recuperado el contacto con sus instintos más radicales en instalaciones envolventes y piezas que invitan a la colaboración, obras que la han convertido en la artista viva más célebre de Japón.
En ocasión de la muestra, Malba publicará un volumen especial editado en español e inglés. El libro incluirá una sección de ilustraciones en color de las obras de la muestra, ensayos de Larratt-Smith y Francis Morris, y una cronología visual de la vida de la artista.
También en el marco de la muestra, y como continuación de la colaboración lanzada con el libroProximidad del Amor de Tracey Emin, Malba y Mansalva editarán un libro con dos cuentos y una nouvelle escritas por Kusama, en su primera traducción al español por Anna Kazumi Stahl y su madre, Tomiko Sasagawa Stahl.
Itinerancia Malba – Fundación Costantini, Buenos Aires 30 de junio – 16 de setiembre, 2013
Centro Cultural Banco do Brasil, Río de Janeiro 12 de octubre, 2013 – 26 de enero, 2014
Centro Cultural Banco do Brasil, Brasilia 17 de febrero – 27 de abril, 2014
Instituto Tomie Ohtake, San Pablo 21 de mayo– 27 de julio, 2014
Museo del Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México 25 de septiembre, 2014 – 19 de enero, 2015
Exposición realizada con la colaboración de Kusama Studio con el apoyo de IRB-Brasil Re y las galerías Ota Fine Arts, Tokyo, Victoria Miro Gallery, London y David Zwirner, New York
Socios corporativos Citi | Consultatio
Auspiciantes Mercedes-Benz | El Esteco | Paseo Alcorta
Soporte tecnológico Samsung
Medios asociados La Nación | Telefé
Con el apoyo de Knauf | Blomberg | Blue | Stella Artois |Plavicon | Osde | Park Hyatt Buenos Aires
Curadores. Frances Morris y Philip Larratt-Smith./MARCELO CARROL
29/06/13
“Si no pudiera hacer arte me suicidaría”. La respuesta fue clara. Un escalofrío me corrió por la espalda al leer el email recién llegado desde Japón, ayer por la mañana. Lo enviaba la mismísima artista Yayoi Kusama, ese mito viviente que hoy –por primera vez en la región– inaugura una retrospectiva con sus obras. Se trata de Obsesión infinita, la muestra curada en conjunto por la inglesa Frances Morris, jefa de colecciones internacionales de Tate Modern, y el canadiense Philip Larratt-Smith, vice-curador en jefe del Malba, en donde se realiza la exposición. Y aunque la artista no viaje a nuestro país para la ocasión –tiene 84 años–, están sus obras, y mucho material documental que Kusama envió: fotos de su niñez, de sus años en Nueva York –mostrando sus performances y orgías en las galerías de la ciudad–, y fotos de su retorno –ya agobiada y enferma– a Tokio. Allí reside desde los años ´70, cómodamente instalada en el neuropsiquiátrico Seiwa.
Famosa en todo el mundo desde hace décadas por sus polémicas y extrañísimas obras, sin embargo Kusama es también muy conocida por su difícil historia personal. Ella misma la explica: nacida en una familia japonesa tradicional, de clase media provinciana, con una madre feroz que le hacía seguir a su padre cuando se iba con sus amantes geishas –para luego obligarla a describir las escenas de sexo presenciadas y descargar sobre ella la ira–, Yayoi quedó aterrorizada del sexo durante toda su vida y muy traumatizada desde pequeña. “Comencé a sufrir alucinaciones visuales y auditivas desde chica”, comenta la artista en “La red infinita”, su autobiografía. “Veía auras alrededor de los objetos o escuchaba hablar a los animales y plantas.” En el ´57 logró escapar del infierno con un viaje a los Estados Unidos. Entonces comenzó una nueva etapa. Esto, en la exposición del Malba, se ve claramente: la primera sala –con pequeñas pinturas abstractas sobre papel–, da cuenta de sus obras producidas en Japón. Pero a partir de la segunda sala comienza el intento de liberación. Primero, las pinturas son blancas, monocromáticas; segundo, los objetos domésticos se cubren de penes de tela, blandos. Cuarto: hay una instalación fúnebre, con un bote; está cubierto de penes de tela y naturalezas muertas plateadas. Quinto: por todos lados aparecen lunares. “Es parte de su práctica de “autoborramiento”, explica Larratt-Smith. “Cada lunar es un rostro en el Cosmos y expresa, para Kusama, un deseo de paz”.
Pero sin dudas, la obra fuerte de la muestra, esa inolvidable, esa que le va a comentar a sus nietos que alguna vez vio, es la instalación “Lleno del brillo de la vida”: una caja cerrada, a plena oscuridad, repleta de lucecitas semejando ser estrellas. Una galaxia.
Ahora sí, Kusama, desde Japón, responde: –Yayoi, usted siempre habla de sus traumas, de los abusos que sufrió en la infancia y de la muerte. ¿Cree en la felicidad? ¿Se siente feliz alguna vez?
–Me siento feliz cuando realizo mis obras, cuando escribo poesía y pinto cuadros. También me siento feliz cuando contemplo el cielo azul, observo el mar abierto o conozco personas maravillosas. Agradezco el momento en el que siento que puedo aportar algo a la sociedad y puedo comprometerme con ella como artista.
–Me gustaría saber si a pesar de ser tan famosa, admirada y querida por el público de todo el mundo, se siente sola.
–Sí, me siento sola todos los días. A pesar de haber luchado a través del arte durante varias décadas, me siento asaltada por una gran soledad cuando pienso que pronto llegará mi muerte, y que ése es mi fin como ser humano.
–Yayoi, ¿siente que es posible superar el dolor?
–Vengo pensando en suicidarme desde que era muy pequeña. Para salirme fuera de esa idea, es que trabajo en el arte. Hago mis obras para sobrevivir al dolor, al deseo de muerte; pero luego el dolor vuelve a mí una, y otra, y otra vez. Sigo, todavía, en ese proceso de repetición. Pero voy a mantenerme luchando, y voy a darme cuenta de que la lucha terminará, en un instante: sólo cuando me llegue la muerte.